Andanzas y naveganzas a vela y pedal

Lecciones aprendidas de la travesía atlántica

Los primeros días después de llegar a tierra firme no salgo de la marina de Rodney Bay. Me dedico simplemente a pasear, encontrarme con navegantes y tripulantes de la ARC e intercambiar impresiones. Nada de hacer planes, ni de visitar lugares de la isla de Santa Lucía, ni siquiera de ir a la playa que hay junto a la marina. Caminar y socializar, dos placeres tan simples pero tan necesarios.

La vida social en Rodney Bay es más intensa de lo que imaginaba. Por un lado, muchos participantes de la ARC vienen a hablar con nosotros, interesados en saber de primera mano cómo pasó todo. Con algunos de ellos establezco cierta amistad. Es el caso del Biguá, la encantadora familia brasileña que nos prestó ayuda en alta mar, del Saramia, una familia valenciana con dos niñas pequeñas que viaja en velero por el mundo, o del Faraway, de un simpático portugués amante del flamenco que vivió varios años en Granada, y su familia. Por otro lado, también me encuentro con varios amigos que conocí en Las Palmas buscando barco como yo. Reencuentros felices e inesperados.

Intercambiar impresiones con tripulantes de otros veleros, algunos de ellos muy experimentados, me aporta una buena perspectiva para analizar los errores cometidos y cómo podríamos haber evitado tantos problemas. La travesía a vela de Europa a América no es tan arriesgada como puede parecer, siempre que se haga una buena planificación y se tomen ciertas precauciones.

A continuación enumero los errores que creo que se cometieron en el Garuda. Los escribo con el uno propósito de aprender de ellos. Quién sabe, quizás puedan servir de lección para futuras travesías.

Errores cometidos

Antes de zarpar

Cruzar un océano a vela no es lo mismo que ir a las Baleares desde la Península o que pasar un fin de semana en el mar. Una travesía tan larga requiere de una buena planificación y una revisión exhaustiva del estado del barco. Hay que estar preparado para responder ante cualquier tipo de situación. Cualquier cosa puede romperse. De hecho, en estas travesías el barco sufre y lo más probable es que algo se rompa. El responsable principal de esta planificación es el capitán.

En el Garuda esta planificación fue, en mi opinión, nefasta, por las siguientes razones.

Estado del barco

  • El motor fue sólo fue revisado dos días antes de zarpar, encontrando que una pieza estaba dañada por corrosión, lo que provocaba que uno de los camarotes se inundara de humo. La pieza fue reparada in extremis gracias a que le pedí el favor a un soldador del varadero, quien hizo el trabajo fuera de su horario, un viernes por la tarde. Afortunadamente, se comportó bien durante toda la travesía.
  • La jarcia no fue revisada. De hecho, uno de los obenques de babor no presentaba buen estado, como pudimos comprobar tras el accidente. La jarcia es una de las partes más importantes del barco. La mayoría de capitanes contratan un rigger profesional revisarla antes de una travesía oceánica, o en su defecto dedican un día a revisar minuciosamente cada centímetro de cable y cada unión.
  • El timón y los guardines tampoco fueron revisados. De hecho, si lo hubiéramos hecho nos habríamos percatado de que el cable metálico (guardín) estaba dañado y prácticamente pendiente de un hilo. Esto provocó que nos quedáramos sin gobierno en medio de una tormenta y fue el primer paso para la rotura del mástil.
  • Las comunicaciones (radio VHF, teléfono satélite, internet por satélite) tampoco fueron testadas antes de salir. De hecho, a pesar de disponer del costoso sistema Inmarsat, con servicio de banda ancha vía satélite, nadie se preocupó en registrarlo ni configurarlo. Resultado: estuvimos desconectados durante toda la travesía, y ni siquiera pudimos recibir los emails con partes meteorológicos ni de la organización de la regata, lo cual era obligatorio para participar en la ARC. Además, de haber contado con conexión (que, insisto, estaba pagada), nos habría facilitado sobremanera el contacto con otros barcos para prestarnos ayuda.

Repuestos

  • Las herramientas a bordo eran insuficientes. En particular, no disponíamos de cizalla ni guillotina, ni de ningún instrumento para cortar la jarcia con rapidez. No en vano, empleamos unas 5 horas utilizando martillo, segueta y una Leatherman. Con las herramientas adecuadas habríamos tardado cinco minutos. La ARC exige disponer de una serie de herramientas y repuestos obligatorios, entre ellos la cizalla, para poder participar. Desconozco si el capitán evadió los controles, o estos no fueron lo suficientemente exhaustivos.
  • El combustible es otro de los repuestos imprescindibles. El Garuda salió con unos 3/4 de depósito, y con sólo 40 litros de repuesto. De hecho, de las 4 o 5 garrafas de repuesto (que de por sí son pocas), sólo dos estaban llenas y las demás iban vacías…
  • Algunas piezas de repuesto también brillaron por su ausencia. Por ejemplo, no teníamos cable de acero de respeto para sustituir el guardín, teniendo que utilizar un cabo de dyneema para arreglar el timón.

Provisiones

La compra de provisiones para toda la travesía se hizo de manera totalmente improvisada y a ultimísima hora. No es normal acudir al supermercado la víspera de la salida a las 7 de la tarde, sin ningún tipo de lista ni planificación de comidas. Fue una compra “a ojo”, como el que va a hacer la compra semanal para su casa. Aunque no tuvimos problemas de escasez de provisiones, la comida y el agua llegaron bastante justos. No había mucho margen de imprevistos.

Tripulación

La elección de los tripulantes también se hizo sin planificar y a última hora. Es cierto que yo me beneficié de ello. Pero creo que en una travesía así no es serio descartar a un tripulante por un asunto personal y buscar a otro a sólo tres días de la salida. Aunque en este caso entiendo, que son situaciones que pueden pasar. La mitad de la tripulación (Volodia y yo) no conocía el barco ni había navegado nunca en él. Lo ideal es tener la oportunidad de hacer alguna navegada corta a modo de entrenamiento antes de zarpar.

Burocracia

La burocracia asociada a la partida y a la regata también se dejó para última hora, concretamente la misma mañana de la salida. Tanto el personal de la ARC como los aduaneros prácticamente tuvieron que perseguirnos y buscarnos para que rellenáramos y firmáramos los diferentes formularios y papeles. Cuando fui a la oficina para entregar todos los papeles, al preguntarme el nombre del barco y escuchar “Garuda”, mi interlocutor emitía un suspiro y exclamaba “¡Ay, Garuda! ¡Qué vamos a hacer con vosotros!”

Durante la travesía

Durante la travesía fueron muchas las veces en las que no entendí las decisiones que se tomaban. Después comprendí que, efectivamente, fueron decisiones dudosas o incluso muy malas.

  • El armador, y no el capitán, tenía siempre la última palabra en todas las decisiones que se tomaron a bordo. En caso de discrepancia con el capitán, se producía una discusión, pero el primero nunca daba su brazo a torcer. Y punto. Esto es un grave error. Un buen capitán escucha la opinión de su tripulación, pero es él quien debe tomar siempre la decisión, aún en contra de la opinión de los demás. Las decisiones deben tomarse poniendo por delante siempre la seguridad de las personas a bordo.
  • La ruta de navegación seguida no fue, en mi opinión, la correcta. Lo normal es navegar hacia el sur al principio, acercándose al archipiélago de Cabo Verde para allí coger los estables vientos alisios. En lugar de eso, seguimos una ruta más “directa”, rumbo Oeste, encontrándonos con vientos bastante más inestables. De hecho, casi todos los días éramos el barco situado más al norte de toda la regata.
  • El estilo de navegación adoptado fue demasiado “regatero”, haciendo al barco sufrir más de la cuenta. Habría sido mejor un estilo más conservador, puesto que en una travesía oceánica lo importante es llegar bien, y no tanto el tiempo que se tarde. Por ejemplo, creo deberíamos haber tomado rizos más a menudo, especialmente navegando de noche, en lugar de esperar a que la tormenta esté sobre nosotros.
  • Momentos antes de romper el mástil creo que cometimos uno de los mayores errores: intentar enrollar el foque a la fuerza bruta, con un viento de casi 40 nudos, metiendo una presión tremenda a las velas y los obenques. Era un momento de mucha tensión, pero había que mantener la calma. Siguiendo el sentido común, debimos soltar las escotas para desventar las velas, encender el motor, aproar el barco al viento y enrollar el foque con tranquilidad.
  • Pero sin duda, el mayor error de todos, el que clama al cielo, fue el de esperar más de 24 horas para notificar el accidente y nuestra situación, aún sabiendo que no teníamos combustible y que íbamos a necesitar ayuda. Una decisión incomprensible, que raya en lo absurdo.

Después de arribar

Las decisiones y comportamientos dudosos no acabaron con la travesía. Ya en tierra firme, se siguieron haciendo las cosas muy mal.

  • La mañana del 16 de diciembre, apenas 24 horas después de arribar en Rodney Bay, Kostia el armador decidió que se marchaba a casa, y compró un billete de avión para irse esa misma mañana. Lo que me parece incomprensible e inaceptable es que se fue sin pasar a agradecer, o tan siquiera saludar, a las personas que nos ayudaron en alta mar. Tanto el Biguá como el Venus, los barcos que nos ayudaron, estaban a escasos metros en el pantalán contiguo. No se tardaban ni 2 minutos caminando hasta ellos. ¿Cómo es posible? Todavía hoy no encuentro explicación a esa increíble falta de respeto.
  • Un par de días después, ya sin el armador, el capitán decidió que abandonaríamos la marina para fondear en la bahía, para ahorrar los costes del muelle. El estado del barco era ya lamentable, sin mástil y con el casco dañado y una vía de agua. Pero para colmo, el dinghy (embarcación hinchable para ir a tierra) estaba pinchado por varios sitios, e incluso el motor se calaba. Obviamente, tampoco estaba revisado. Esta decisión fue la gota que colmó el vaso, y provocó que Volodia y yo, que nos habíamos comprometido a ayudar a llevar el barco hasta la isla de Martinica para su reparación, abandonáramos el Garuda. Obviamente, no nos sentíamos seguros más tiempo ahí.

Aspectos positivos

A pesar de la falta de planificación y la sucesión de errores cometidos, hay algunos aspectos positivos que me gustaría destacar.

  • No cundió el pánico. Uno nunca sabe cómo va a reaccionar en una situación de emergencia en el mar. Nosotros mantuvimos la calma y, aunque hubo momentos de adrenalina y de preocupación, no entramos en situación de miedo o ansiedad.
  • Unidad en la tripulación. Aunque en momentos de crisis es fácil que surjan roces o incluso enfrentamientos, nada de eso pasó a bordo del Garuda. En todo momento, nos mantuvimos unidos y trabajamos juntos para resolver los problemas.
  • Preparar un plan B. A base de ingenio y trabajo en equipo, conseguimos levantar un pequeño mástil con su driza, y estábamos preparados para montar una vela básica. El invento funcionó, aunque al final no tuvimos que ponerlo en práctica. Pero creo que fue un recurso importante de cara a la moral de la tripulación, por si el plan A fallaba…
  • Convivencia a bordo. La convivencia fue muy buena durante toda la travesía. A pesar de todos los problemas y las crisis, nunca perdimos en sentido del humor, cenamos todos juntos a diario y celebramos los pequeños logros con té y música por las noches.

Lecciones aprendidas

Como hitchhiker, o alguien que se ofrece como tripulante en un barco privado, hay varias lecciones que he aprendido de esta experiencia.

Si tuviera que embarcarme de nuevo en una travesía larga, me aseguraría personalmente de revisar las partes más importantes del barco (jarcia, velas, motor, timón, piloto automático y comunicaciones). Hablaría mucho con el capitán, le haría muchas preguntas, y me aseguraría de conocer bien el barco y la tripulación antes de partir. Y la mejor forma de hacerlo es salir a navegar antes a modo de entrenamiento.

Tengo que decir que antes de zarpar con el Garuda en la ARC, había muchas señales que me indicaban que no había una buena planificación y que incluso había partes del barco mal mantenidas. Reconozco que lo más sensato era “bajarme” del barco antes de salir. Sin embargo, eso es fácil decirlo ahora, a toro pasado. En aquel momento estaba tremendamente ilusionado y vi la oportunidad de cumplir un sueño. Y ese tipo de señales me parecían detalles sin importancia. Tampoco tenía la experiencia que tengo ahora.

Aunque ahora actuaría de otra manera, no me arrepiento de haber tomado aquella decisión. De hecho, a pesar de todo, tengo muy buen recuerdo general de la travesía, y estoy agradecido al capitán Slava por haber contado conmigo. Le tengo cierto aprecio porque confió en mí y porque, aunque no haya demostrado ser buen navegante, sí creo que es una buena persona.

Gracias a la alocada decisión de cruzar con el Garuda, viví una aventura que no olvidaré nunca. Y es que hay mucha gente que ha cruzado el Atlántico a vela, pero no hay tanta gente que se haya quedado sin mástil en mitad…

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