Andanzas y naveganzas a vela y pedal

GARUDA, una odisea en el Atlántico (II)

La tercera semana comienza con un suceso inesperado que cambia por completo el resto de la travesía atlántica, y que nos exigirá dar lo máximo de nosotros mismos para poder completarla y llegar a tierra a salvo.

Día 15. El accidente.

La madrugada del 10 de diciembre me despiertan las voces de Slava que vienen desde la cubierta: “¡Kostia!¡Kostia, Kostiaaa!”. Es noche cerrada y estamos atravesando un temporal, hay grandes olas, y el barco se sacude violentamente. Pero es un movimiento extraño, más irregular. En seguida nos despertamos todos, nos ponemos el chaleco salvavidas y el arnés de seguridad. Algo serio ha pasado.

En efecto, se ha roto el cable metálico que transmite los movimientos al timón. El piloto automático no puede trabajar, ni tampoco las ruedas del timón, que se han quedado sueltas. Nos hemos quedado sin gobierno.

En seguida nos ponemos a actuar. Lo primero es replegar las velas y sacar la caña de respeto para poder actuar sobre el timón y controlar el barco. La situación es estresante, las olas son grandes y vienen de costado y el viento cada vez aprieta más, superando los 35 nudos. No es fácil controlar el barco en estas condiciones. En ese momento me acuerdo de las palabras de mi amigo Carlos “Mofli”, experto navegante…

“En el mar las cosas siempre se rompen en el peor momento, por eso hay que estar preparado para arreglarlas bajo las peores condiciones.”

Carlos díaz “Mofli”

Replegamos las velas, encendemos el motor y conseguimos gobernar el barco con mucha dificultad. La caña de respeto es inexplicablemente pesada, corta y vertical, con forma de T, y con estas olas golpeando el timón es realmente difícil sostenerla o moverla. Recuerdo la caña de respeto de mis clases de náutica, mucho más alargada y con forma de L, que se podía mover casi con un dedo…

Mientras yo me encargo de sujetar la caña y Volodia de desmontar las cadenas de las ruedas, Slava y Kostia se meten en el compartimento de la popa para poder arreglar la transmisión. Tras una hora bastante dura, consiguen arreglarlo, casi a oscuras, sustituyendo el cable roto por un cabo de dyneema. Hemos recuperado el gobierno, las ruedas del timón y el piloto automático. Además justo comienza a amanecer y el viento parece calmarse. Volvemos a sacar las velas, la mayor con un solo rizo y toda la génova arriba. Es momento de relajarse. Pero esto no es sino la calma antes de la tempestad.


Aproximadamente una hora después de haber arreglado el timón, comienza a arreciar de nuevo el viento. El temporal no ha pasado, ni mucho menos. Tenemos olas de unos 3 metros y el viento ya sobrepasa los 30 nudos y va en aumento. El piloto automático no parece ir muy fino, probablemente debido a que la transmisión del timón no está bien arreglada. Además estamos navegando con un ángulo muy ajustado, con el viento casi en la popa.

De repente, una fuerte racha de viento acompañada de un cambio de dirección hace que la génova cambie a la banda de estribor, moviendo el barco en esa dirección. La génova se infla, el barco se inclina. Kostia ordena a voces que la enrollemos inmediatamente. Slava, quizás llevado por la tensión se va directamente al winche para enrollar la génova, que está totalmente inflada y con la banda cambiada, metiéndole a esta mucha más presión. El viento supera ya los 35 nudos, pero Slava no se rinde y continúa enrollando A la fuerza bruta…

Recuerdo nítidamente mis pensamientos durante esos momentos. “No entiendo nada. ¿Por qué enrollar directamente? ¿Por qué no mantenemos la calma, encendemos el motor, aproamos al viento y después enrollamos tranquilamente?” Miro la vela, miro el mástil, miro el obenque de babor. “¿Cómo es posible que puedan soportar tanta presión? ¿Cuál es el límite? Ese obenque no puede aguantar, es imposible que aguante, se va a romper de un momento a otro”, pensé. Puede parecer increíble, pero juro que justo en el instante en el que estaba pensando eso, el obenque se rompe. En décimas de segundo, el mástil colapsa haciendo un fuerte ruido seco y cae hacia la banda de estribor.


Los cuatro hemos presenciado el desastre desde la bañera. Nos hemos quedado todos pasmados, mudos, sin poder creer lo que estamos viendo. Tras unos segundos de silencio, solo se escucha a Slava y maldecir: “Blyaaaaaaaat”. Finalmente, Kostia rompe el silencio general diciendo: “Señores, nada de pánico. Vamos a salir de esta trabajando todos juntos.”

La situación es dantesca. Los obenques y el enrollador (frontstay) están doblados hacia estribor, el mástil se ha roto por dos partes diferentes, a la altura de la cubierta y por encima de la botavara. La mayor parte del mástil junto con las velas están en el agua. La botavara ha quedado en cubierta, pero al borde de caer también. Los pasamanos de estribor están destrozados, aunque la borda no ha sufrido grandes daños. Pero lo más preocupante es que todo el material que hay debajo de agua está golpeando fuertemente el casco, a causa de las olas. Se escucha un preocupante sonido continuo “Pum, pum, pum…”. Es urgente cortar la jarcia y deshacernos de toda la arboladura, antes de que se dañe el casco.

Nos ponemos manos al a obra, sacamos todas las herramientas, pero por desgracia no tenemos ninguna cizalla ni nada parecido para cortar la jarcia. Solo tenemos una segueta y un martillo para cortar los obenques, que son cables de acero de unos 2 o 3 cm de diámetro. Nos vamos turnando para serrar y martillar. Las hojas de la segueta se parten una tras otra. Con estas herramientas avanzamos demasiado lentamente.

Mientras tanto, no podemos encender el motor porque la hélice podría engancharse con todo lo que hay debajo de agua. Estamos a la deriva con olas de más de unos dos metros, que nos entran por el través. El barco se mueve muchísimo de un lado a otro, y el material bajo el agua sigue golpeando violentamente el casco, sin pausa, al ritmo de las olas. Para colmo, se vuelve a romper el cable del timón que habíamos arreglado esta mañana. Son momentos de pura adrenalina y de mucha dureza física y mental.

Tras 5 horas sin descanso conseguimos cortarlo todo y deshacernos de la arboladura. Gracias a la fuerza Slava, y sobre todo al ingenio de Volodia, Al que se le ha ocurrido usar su herramienta multiusos Leatherman para limar el acero, lo cual ha acabado siendo mucho más efectivo que aserrarlo. Esta Leatherman realmente nos ha salvado.

Una vez soltado todo, con más calma, nos ponemos arreglar otra vez el cable del timón que habíamos arreglado esta mañana. Estamos agotados. Es hora de descansar, comer algo y evaluar la situación.

Aspecto del barco momentos después de terminar de cortar la jarcia.

El balance de la situación es el siguiente. Nos encontramos en la posición:

16˚51.80’ S
50˚43.23’ W

Estamos a unas 600 millas para llegar a Santa Lucía, que además es el punto terrestre más cercano. Tenemos combustible para cubrir a lo sumo 150 millas a motor. Nos hemos quedado sin mástil, sin velas, sin radar y sin antena de radio VHF. El cable del timón es provisional, y ya se ha roto dos veces, por lo que tenemos que estar pendientes.

Pero no todo es negativo. Estamos todos bien, nadie ha sufrido ninguna lesión. Disponemos de teléfono satélite, gracias a que la antena está en la popa y no en el mástil. Tenemos comida y agua para un par de semanas más, y además podemos pescar. Hemos conseguido recuperar el sistema de navegación, que dejó de funcionar al caer el mástil. También hemos arreglado el cable del timón, aunque sea de manera provisional. Por tanto, podemos navegar a motor con el piloto automático al menos durante algo más de un día.

Como está claro que vamos a necesitar ayuda, propongo que llamemos al control de la ARC para comunicar nuestra situación. Pero entonces, Kostia decide esperar a mañana para llamar, porque necesitamos “descansar y pensar cómo lo vamos a comunicar”. Ni Volodia ni yo entendemos esta decisión. En nuestra opinión debimos notificar nada más ocurrir el accidente, hace 6 horas. Cuanto antes lo comuniquemos, mejor. No entendemos qué sentido tiene esperar a mañana, 24 horas después del accidente. A pesar de hablar con Kostia varias veces e insistirle que debemos llamar ya, él le quita importancia al asunto. Su decisión es la que cuenta, y no admite discusión.

Poco después, al quedarme a solas con Volodia, me da a entender que no comparte para nada las decisiones que se están tomando en el barco. Pero no quiere hablar de ello ahora. “Ya comentaremos todo esto más despacio cuando estemos en tierra, ahora no es el momento”, me dice.

Prefiero pensar en positivo. Aunque las discrepancias son obvias, hemos preferido no crear enfrentamientos ni discusiones y acatar las decisiones de Kostia. Estamos trabajando todos juntos, como un equipo, sin entrar en pánico ni ponernos nerviosos. Creo que mantenernos así es mucho más importante que imponer el criterio propio. Tenemos un plan y mañana lo pondremos en práctica.

Día 16. El rescate

El día siguiente del accidente me levanto tarde, con el sol ya bien arriba. He dormido profundamente casi 10 horas seguidas, más que ninguna otra noche de la travesía. Me pregunto cómo es posible dormir tan bien con la movida en la que estamos metidos. Seguramente es por la tensión y el agotamiento acumulado durante el día de ayer. Rápidamente vuelve a mí la preocupación y la incertidumbre. Estoy seguro de que vamos a salir de esta, pero aún no sabemos cómo.

Comenzamos el día analizando la situación. Después de navegar toda la noche a motor, a unos 4.5 nudos, estamos a poco más de 500 millas de Santa Lucía. Según los cálculos, tenemos gasoil para menos de 100 millas. Esta noche o, en el mejor de los casos, mañana temprano, nos quedaremos sin combustible.

Plan A

El plan es el siguiente: llamar al ARC race control, explicarles nuestra situación, y esperar instrucciones. Me designan a mí como encargado de las comunicaciones. Slava y Kostia prácticamente no hablan inglés. Volodia sí lo habla bien, pero es más tímido, tartamudea, y no se siente nada cómodo.

”Race Control, soy Alejandro, llamando desde el velero Garuda. Hemos sufrido un accidente y hemos perdido el mástil. Los cuatro tripulantes estamos bien. Nuestra posición es: 16°25.36’ N, 52°18.21’ W. Estamos navegando a motor con rumbo 256° (dirección Santa Lucía) a una velocidad de 4.5 nudos, pero nos queda combustible para menos de 100 millas. No tenemos acceso a Internet, ni podemos recibir SMS. Disponemos de radio VHF pero con un alcance de menos de 5 millas, ya que hemos perdido la antena. Volveremos a llamar en 2 horas para recibir instrucciones.

Los de Race Control me dicen que hay unos 3 o 4 veleros de la ARC en un radio de 25 millas de nosotros, aunque ninguno de ellos puede vernos en el radar. Se van a poner en contacto con todos los barcos participantes vía email para solicitar que nos presten combustible. Cuando vuelva a llamar en dos horas, me darán la información.

Ahora toca esperar, con la incertidumbre de si algún barco podrá darnos algo de combustible. Entonces me viene de pronto una gran preocupación. Si nos quedamos sin combustible acabaremos quedándonos también sin energía, ya que no podremos arrancar el generador. Sin energía nos quedaremos sin sistema de navegación, sin autopiloto, sin radio de corto alcance y sin teléfono satélite. Necesitamos un plan B.


Mientras todo esto sucede, el mar nos hace un regalo inesperado. Una cría de ballena aparece junto al barco, saltando, echando chorros de agua y jugando alrededor nuestra. Este pequeño gran animal nos hace olvidar por unos minutos el marrón en el que estamos metidos. Al admirar la belleza de la imagen, con la piel de gallina, pienso que esta visita tiene que ser una buena señal. La ballena, a la que bautizo como Walter, acabará acompañándonos durante todo el día. Ella es la primera que ha acudido a nuestra llamada de ayuda…

Plan B

Leyendo el dossier de la ARC, me voy al apartado de “emergencias en el mar”. Aquí descubro una pequeña reseña de un barco que perdió el mástil en una de las anteriores ediciones. En aquella ocasión, los tripulantes se las ingeniaron para levantar un trozo del mástil roto y montar una aparejo de emergencia, que les permitió cubrir las últimas millas.

Nos reunimos entonces para intentar hacer algo parecido como plan B. Disponemos de la botavara, de unos 6 metros, pero es demasiado pesada. También tenemos el tangón del spinnaker, que es de fibra de carbono, mucho más ligero, aunque está algo dañado porque el mástil cayó sobre él. Vamos a intentar levantarlo a modo de mástil de respeto.

En primer lugar, cubrimos el tangón con un film blanco para reforzarlo y poder manejarlo (es de fibra). A base de martillazos, abrimos un poco el hueco que dejó el mástil roto para que encajar un extremo del tangón. En el otro extremo, colocamos una polea. Con cierta dificultad a causa de las olas, conseguimos levantarlo, y lo sujetamos con seis cabos a las cornamusas: dos estays de proa, dos obenques (a babor y estribor) y dos estays de popa. Un séptimo cabo pasado por la polea nos sirve de driza. A modo de prueba, izamos la bandera de la ARC. ¡Funciona! Tenemos un mini mástil, bastante firme. Ya sólo nos queda probarlo con una vela.


La ballena Walter también parece celebrar nuestro pequeño éxito al levantar el palo. De nuevo hace su aparición, emitiendo sonidos y echando chorros de agua. Lleva varias horas con nosotros, nos sigue acompañando y llamando nuestra atención. Es increíble. ¿Estará intentando comunicarse con nosotros?

Ayuda en alta mar

La segunda llamada a Race Control nos trae noticias moderadamente buenas. Han informado a toda la regata de nuestra situación, y hay al menos dos barcos cerca dispuestos a darnos combustible. Se trata del Biguá, brasileño y el Phi, holandés. Les han dado nuestra posición, rumbo y velocidad. Han intentado ponerse en contacto con nosotros vía teléfono satélite pero no han podido. (Más tarde descubro que el número de teléfono del Garuda registrado en la inscripción está mal, y a Slava se le olvidó cambiarlo antes de salir…)

Trato de llamar a ambos barcos por teléfono sin éxito. También lo intento con la radio de mano, pero es imposible, nuestro alcance es demasiado corto. Las comunicaciones van a ser un problema. No tenemos radar ni antena de radio, y es imposible que nos vean a simple vista. Decidimos construir una antena improvisada con un cable y el bichero. La colocamos lo más alta posible, para poder tener algo de alcance. Ya sólo nos queda probar una y otra vez.

El resto de la tripulación me ha dejado toda la responsabilidad de las comunicaciones, y se han desentendido. Se dedican a hablar entre ellos, de cualquier tontería, como si no pasara nada. No puedo entender esa actitud. En estos momentos me irrito terriblemente, hasta el punto de que les levanto la voz y les pido absoluto silencio y que se concentren en la radio. Por primera vez en toda la travesía, pierdo los nervios: “¡Callaos todos! ¡No quiero escuchar ni una mosca! Todo el mundo concentrado en escuchar la jodida radio! Hay que entender que con la antena que tenemos es tremendamente difícil comunicarse, hay muchas interferencias, y se necesita hablar muy despacio, alto y claro, en repetidas ocasiones, para algo tan sencillo como comunicar la posición.

Tras muchos intentos, finalmente escuchamos una llamada de radio. Es el Biguá, que está buscándonos y que quiere darnos 100 litros de combustible. También nos ofrece comida y agua si lo necesitamos. No puedo evitar emocionarme al escuchar esto.

Después de muchos intentos, y gracias a la insistencia de Marcio, el capitán del Biguá, conseguimos darnos la posición. Nos van a dar 100 litros de combustible, y también nos ofrecen comida y agua si lo necesitamos. Además, ellos han contactado a un tercer barco, el alemán Venus, que también vienen en nuestra ayuda para darnos más combustible. Al oír todo esto, me emociono. La solidaridad en el mar es una de las cosas más bonitas del mundo de la náutica.

Dos horas después, conseguimos contacto visual con ambos barcos, Biguá y Venus, que se encuentran a unas 4 o 5 millas de nosotros. A esa distancia ya sí tenemos buena comunicación por radio. Sin embargo, ellos no nos pueden ver a nosotros. Se necesita estar muy cerca para poder avistar un objeto flotante sin mástil ni velas. Más allá de media milla, somos invisibles.

Decidimos que es el momento perfecto para usar la pirotecnia. Jamás pensé que la utilizaría cuando la estudié en las clases del PER. Volodia se va a la proa con un cohete preparado para ser lanzado. Tras anotar la demora de aguja de ambos barcos a la vista, comunico por el canal 16:

— Biguá, Biguá, Biguá, aquí Garuda. Vamos a lanzar un cohete para que podáis vernos. Mantened la vista en la demora 210° en vuestro compás.
— Garuda, Garuda, Garuda, aquí Biguá. Estamos preparados.
— Venus, Venus, Venus, aquí Garuda. Mantened la vista en la demora 95° en vuestro compás.
— Garuda, Garuda, Garuda, aquí Venus. También preparados y esperando la cuenta atrás.
— Todos, aquí Garuda. Comienza la cuenta atrás. Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno, fuego!

Un minuto después del lanzamiento, tanto Biguá como Venus nos confirman por radio que han visto el humo del cohete en el horizonte.


El primero en llegar a nosotros es el Biguá, un catamarán Lagoon 40, cuyos tripulantes son una familia brasileña. El mar está bastante picado y con tanta ola es peligroso aproximarse demasiado. Por tanto, acordamos que aten las garrafas de gasoil a un cabo largo que intentaremos pescar. La maniobra no es sencilla, porque el cabo nunca es lo suficientemente largo. Tras un par de intentos fallidos, conseguimos pescar el cabo atado a las dos primeras garrafas de 20 litros, y después las tres restantes.

Durante esta maniobra, ocurre uno de los momentos más mágicos de toda la travesía. Una imagen que queda grabada en mi retina y que nunca olvidaré en mi vida. En pleno atardecer, con el sol a punto de esconderse por el horizonte, los dos barcos (Garuda y Biguá) navegando en paralelo lo más cerca que nos permiten las olas y las garrafas amarillas flotando entre ambos, hace su aparición estelar nuestra amiga la ballena Walter. El cetáceo empieza saltar y jugar entre ellas ante la mirada de todos nosotros. La imagen es idílica y cómica al mismo tiempo. Las voces y discusiones de los rusos del Garuda, visiblemente nerviosos, contrastan con la excitación de los hijos adolescentes de la familia brasileña, que graban la escena con lágrimas de emoción. Yo también estoy emocionado, no sé si por la imagen única que ven mis ojos o por haber conseguido recibir la ayuda después de tantas horas de esfuerzo e incertidumbre.

Tras casi una hora de maniobras, conseguimos pescar las cinco garrafas de 20 litros del Biguá. Media hora después nos encontramos con el Venus, un velero monocasco alemán, con unos 8 tripulantes. En esta ocasión la maniobra se nos da mejor, y transferimos ocho garrafas más en apenas 20 minutos, con la última luz del día.

Las emociones están a flor de piel. Creo que nunca en mi vida he tenido tanta sensación de agradecimiento hacia nadie. Agarro la radio para despedirme:

— Biguá, Venus, aquí Garuda. No tengo palabras para agradecer lo suficiente vuestra ayuda. Nos habéis salvado de una situación muy complicada. Espero veros muy pronto en Rodney Bay y poder daros un gran abrazo en persona. Un millón de gracias y buen viaje.
— Garuda, Garuda, aquí Biguá. Es un honor poder ayudar a compañeros navegantes en el mar. Nos vemos pronto en Rodney Bay. Mucha suerte.
— Garuda, Garuda, aquí Venus. Estamos muy contentos de haber servido de ayuda. Buena suerte y hasta pronto.

A bordo del Garuda, el ambiente es casi de euforia. Tenemos 260 litros extra de combustible, más que suficiente para cubrir las 500 millas que nos distan de Rodney Bay, Santa Lucía. Los nervios y las voces han dado paso a los abrazos, las felicitaciones y las risas. Esa noche Slava prepara unos buñuelos y deliciosos blinis para tomarlos con el té. Yo corto jamón serrano. Disfrutamos juntos de las viandas mientras escuchamos música a todo volumen. Es nuestra pequeña gran celebración.

En esos momentos me viene a la cabeza una canción tradicional rusa llamada Parvali Parus (que significa, literalmente, Se rompieron las velas), que aprendí años atrás cuando estudiaba ruso. Lo que yo no esperaba era que, al comentarlo, Kostia busca entre su colección de clasicazos… ¡y la encuentra! Se rompieron las velas… esta canción es para mí la banda sonora del Garuda.

Parus! Porvali Parus!

Últimos días

Los días después del rescate, en los que recorremos las últimas 500 millas, transcurren bastante tranquilos. Navegamos a motor con rumbo fijo 255° y a una velocidad de unos 5.5 nudos. Hemos descartado la posibilidad de montar un aparejo en el mástil improvisado, porque eso conlleva tener que cortar uno de los spinnaker. No tiene sentido, ya que podemos ir bien a motor. Es una pena, me habría gustado mucho navegar con nuestra arboladura de emergencia, y cruzar la meta con nuestras velas improvisadas…

Tanto el motor como el piloto automático se comportan bastante bien y el arreglo provisional de la transmisión del timón, esta vez sí, aguanta el resto de la travesía sin romperse. El sistema de navegación se apaga de vez en cuando, pero siempre conseguimos volver a hacerlo funcionar.

El único problema es que tenemos una vía de agua en la sentina, cuya causa no conseguimos identificar, pero que con toda probabilidad se debe a algún daño en el casco. La bomba de achique automática no funciona bien, con lo que tenemos que achicar el agua de la sentina con la bomba manual y un balde. Aunque la vía de agua no es preocupante, nos obliga “hacer guardias” para vigilar la sentina día y noche. Cada 4 horas aproximadamente, sacamos dos o tres cubos de agua salada.

El aspecto del barco es lamentable. En cubierta, lo que queda del mástil, la botavara en la banda de estribor, con la borda dañada y el pasamanos roto. La bañera está casi entera ocupada por las 13 garrafas de combustible que recibimos de ayuda. Por dentro, todo el plan (suelo) está levantado, con la sentina a la vista y las bombas de achique y los baldes. Y el timón dando tirones debido al arreglo provisional del cable de trasmisión.

Por otro lado, navegar 24 horas a motor es muy incómodo. El ruido es constante, y las olas provocan un movimiento de cabeceo muy irregular, nada que ver con la estabilidad de las velas “apoyadas” en el viento. Se ha perdido todo el romanticismo de las primeras dos semanas, la sensación de libertad de navegar en silencio empujados por el viento. Creo que todos tenemos muchas ganas de llegar a Rodney Bay.

Día 20. Llegada a tierra firme

El amanecer del 15 de diciembre, día 20 de nuestra travesía, nos muestra un panorama nuevo. A nuestra proa, en el horizonte, se puede apreciar la silueta de la caribeña isla de Santa Lucía. A nuestra amura de estribor, la silueta de la isla de Martinica. ¡Tierra! ¡Tierra a la vista!

Tras rodear la punta norte de la verde isla de Santa Lucía y el saliente de Pigeon Island, nos encontramos con la bahía de Rodney Bay. Al fondo, dos boyas naranjas marcan la línea de meta. Justo al entrar en la bahía y encarar la recta final, el viento arrecia repentinamente y unas nubes negras cubren el cielo, comenzando a descargar lluvia violentamente. Es una tormenta pasajera que dura solamente 10 minutos, pero que coincide justo con el momento en el que atravesamos la línea de meta. Que curiosa metáfora. Parece como si Poseidón, sabedor de nuestra llegada, quisiera golpearnos por última vez para ponernos en nuestro sitio y hacerse respetar. “Esta vez habéis llegado, pero nunca olvidéis quién es aquí el más poderoso, pobres mortales”.

La organización de la ARC nos da la bienvenida por radio:

— Garuda, Garuda, Garuda, aquí ARC control. Nos alegramos mucho de veros aquí después de una travesía tan accidentada. Os estábamos esperando todos. Enhorabuena y bienvenidos a Rodney Bay.

La llegada a Rodney Bay aún nos tenía reservada una sorpresa, un inesperado gran final para redondear esta increíble aventura.

La tormenta que nos recibe en la línea de meta cesa de repente dando paso a una calma total, justo cuando el Garuda entra en las tranquilas aguas de la marina. A nuestro paso, los barcos atracados hacen sonar sus bocinas con largas pitadas a modo de saludo. Se corre la voz, tripulantes, marineros y mozos, salen todos a las cubiertas a aplaudirnos y darnos la bienvenida. Según entramos, cada vez más y más gente sale a recibirnos. Todo el mundo aplaude, nos alientan con gritos “Garuda is here!”, “Well done guys!”, “Congratulations!”, “Respect!”. Nunca olvidaré la imagen de todos esos barcos, de toda esa gente, a babor y estribor, ovacionándonos. La emoción se apodera de mí al verlos y al tomar conciencia de que lo hemos conseguido, de que estamos a punto de pisar tierra firme. ¡Hemos cruzado el Atlántico! Los ojos se me llenan de lágrimas, que intento ocultar con las gafas de sol. Todo parece un sueño, pero es real.

En el slot que nos asignan por radio, el D4, unas 20 o 30 personas se agolpan para recibirnos. Entre ellos, un par de santalucenses tocando instrumentos caribeños, personal de la organización de la ARC con una cesta de frutas y cocktails de ron, e incluso varios periodistas de revistas náuticas que quieren conocer detalles de nuestra historia. Todos nos esperan y nos reciben como héroes. Los verdaderos héroes, pienso, son la gente del ARC control, y las tripulaciones del Biguá y del Venus. Mi ovación y agradecimiento va para ellos.

La travesía atlántica termina aquí. La idea romántica, que tantas veces soñé, de llegar a América por primera vez cruzando el océano a vela ya es una realidad. Nunca imaginé que en ella habría rusos, ballenas, peces voladores, averías, tormentas y rescates, ni que construiríamos una antena de radio o un mástil. Nunca pensé que me encontraría con tantos contratiempos, ni que viviría una aventura tan extraordinaria. Por eso creo que esta historia simboliza muy bien la esencia de lo que buscamos aquellos que decidimos emprender un gran viaje. Si algún día miro hacia atrás y hago balance de lo que fue mi vida, sin duda vendrá a mi cabeza la historia del Garuda y en particular el momento de la llegada a Rodney Bay.

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Anotaciones del Libro de Navegación

Siguiendo el ejemplo de mis amigos de una vuelta por el mundo, también participantes en la ARC 2018 y cuyo blog recomiendo, comparto a continuación las anotaciones hechas en mi propio e improvisado libro de navegación, para el que tenga curiosidad. Las anotaciones están hechas al mediodía del reloj de bitácora (UTC), y las millas son de corredera. Las millas reales (GPS) son aproximadamente un 15% menos. Recordar que una milla náutica son unos 1852 metros.

  • Día 0: 0 mn (28°07.7’ N, 15°25.5’ W)
  • Día 1: 143 mn (26°39.42’ N, 16°49.29’ W)
    • Viento 5, nublado.
  • Día 2: 305 mn (26°00.57’ N, 18°56.81’ W)
    • Viento 4, soleado.
  • Día 3: 484 mn (25°07.17’ N, 21°01.03’ W)
    • Viento 4, soleado, grandes olas.
  • Día 4: 673 mn (23°49.86’ N, 24°10.19’ W)
    • Viento 5, nubes y claros.
  • Día 5: 898 mn (24°57.8’ N, 26°45.8’ W)
    • Viento 6, nubes y claros.
  • Día 6: 1101 mn (24°51.65’ N, 29°07.42’ W)
    • Viento 6, nublado, brumas.
  • Día 7: 1318 mn (22°27.0’ N, 30°59.3’ W)
    • Viento 6, soleado, grandes olas.
  • Día 8: 1485 mn (21°15.3’ N, 32°53.7’ W)
    • Viento 5, mucho sol.
  • Día 9: 1676 mn (21°00.0’ N, 35°44.4’ W)
    • Viento 4, mucho sol, cero nubes.
  • Día 10: 1897 mn (21°07.2’ N, 38°56.0’ W)
    • Viento 7, cielo cubierto, llovizna, mar gruesa.
  • Día 11: 2111 mn (21°20.8’ N, 42°02.6’ W)
    • Viento 7, lluvias intermitentes, mar gruesa.
  • Día 12: 2326 mn (19°35.6’ N, 44°01.3’ W)
    • Viento 7, despejado, grandes olas.
  • Día 13: 2516 mn (19°09.5’ N, 46°36.7’ W)
    • Viento 5, despejado.
  • Día 14: 2699 mn (17°13.7’ N, 48°28.2’ W)
    • Viento 5, despejado. Avistamos dos buques (carguero turco y petrolero brasileño).
  • Día 15: 2890 mn (16°51.8’ N, 50°43.23’ W)
    • Viento 8, temporal. ACCIDENTE Y PÉRDIDA DE MÁSTIL. A partir de aquí, nos quedamos sin anemómetro.
  • Día 16: 2973 mn (16°25.36’ N, 52°18.2’ W)
    • Soleado, grandes olas.
  • Día 17: 3093 mn (15°56.2’ N, 54°17.0’ W)
    • Nubes y claros. Grandes cantidades de sargazo flotando.
  • Día 18: 3225 mn (15°22.9’ N, 56°30.4’ W)
    • Soleado
  • Día 19: 3363 mn (14°45.7’ N, 58°48.0’ W)
    • Soleado
  • Día 20: 3506 mn (14°04.7’ N, 60°56.9’ W)
    • Soleado, breve tormenta en la línea de meta. Llegada a Santa Lucía.

Partimos de Las Palmas el 25/11/2018 a las 13:00, y llegamos a Santa Lucía el 15/12/2018 a las 13:30 UTC, recorriendo algo menos de 3000 millas reales en 20 días justos.

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