Andanzas y naveganzas a vela y pedal

GARUDA, una odisea en el Atlántico (I)

A continuación relataré lo ocurrido a bordo del velero Garuda, durante la travesía Las Palmas – Santa Lucía, como parte de la regata ARC 2019. Es un relato detallado, escrito por orden cronológico, basándome en las anotaciones hechas en mi propio cuaderno de bitácora.

Días previos

Dos días antes de zarpar, me mudo a vivir al Garuda, que está amarrado en el pantalán 2 de la marina de Las Palmas. En estos dos días suceden varios contratiempos.

Aunque la tripulación del Garuda, ya cerrada, está formada por Slava (capitán), Kostia (armador), Volodia (el ucraniano) y yo, me sorprendo al comprobar que en el barco está viviendo una quinta persona. Se trata de Igor, un ruso de mediana edad, semblante serio y mirada inquietante, amigo personal de Kostia (que aún no ha llegado a Las Palmas). Al parecer, Igor iba a ser uno de los tripulantes en la travesía, pero tuvo algún roce con el capitán Slava, que ha decidió excluirlo pocos días atrás. Eso explica que haya buscado un cuarto tripulante a última hora para sustituirlo. Observó que Slava e Igor no se mantienen la mirada, ni se hablan, simplemente conviven ignorándose el uno al otro. Incluso en una ocasión observo como Igor, con actitud amenazante, se encara a Slava en el pantalán. Obviamente, es inviable iniciar una travesía oceánica con dos personas que se odian. Al preguntarle al respecto, el capitán me comenta que Igor se quedará en tierra con toda seguridad.

Pieza del motor reparada

El viernes, sólo dos días antes de la salida, hacemos un chequeo del motor y uno de los camarotes se inunda de humo. Tras una inspección más detallada Slava detecta que hay una pieza agujereada por la corrosión, por donde se escapan los gases, y me pide que la desmonte. Me pregunto cómo es posible no haber detectado antes un problema tan serio. A pesar de ser viernes por la tarde, consigo a toda prisa llegar a la zona de mantenimiento de la marina, con la pieza, y pedirle a uno de los operarios que suelde y arregle la pieza. Si no llega a ser por él, no habríamos podido salir a tiempo. Menos mal.

El sábado al mediodía llega Kostia, el armador, procedente de San Petersburgo, ¡solamente un día antes de la salida! Por fin estamos la tripulación completa. Sin embargo, yo estoy preocupado porque todavía no hemos ido a comprar las provisiones y los demás no parecen darle mucha importancia a esto. Finalmente, a última hora de la tarde, Slava y vamos al Hiper Dino para aprovisionar el barco. La compra la hacemos a ojo, sin lista, sin ninguna planificación. Compramos principalmente mucha fruta, verduras, legumbres, arroz, pasta, pan, mermelada, miel, algo de carne y mucha agua. Nada de comida enlatada, nada de pescado, y por supuesto nada de alcohol. La idea es completar la dieta con lo que pesquemos durante la travesía. Me llama la atención la falta de planificación general, y en particular al respecto de las provisiones. Otros barcos participantes tienen planificado al milímetro desde hace días todas las comidas que harán a bordo.

Más contratiempos suceden incluso el mismo día de la salida. Por la mañana vienen varios miembros de la organización de la ARC al barco con cara de preocupación. Somos el único barco que aún no ha formalizado los trámites burocráticos obligatorios para tomar parte en la regata. Por ejemplo, todos los tripulantes deben registrar sus datos personales y teléfonos de contacto en caso de emergencias. Al ser el único del barco que habla español (e inglés), me encargo yo de rellenar los formularios requeridos, y hacer el check out de los pasaportes en aduanas. Durante el trámite, me entero por los de la organización que han tenido muchos problemas con el Garuda durante las últimas dos semanas, ya que el barco no cumplía los requisitos obligatorios. Después de varias revisiones, al final les permitieron tomar parte. Por ejemplo, al llegar a Las Palmas el barco no contaba con balsa salvavidas, y tuvieron que adquirirla en los últimos días para poder participar…

Todos estos contratiempos de última hora me hacen sospechar que el capitán es de actitud relajada, pero no le doy mucha más importancia. El barco está bien preparado y la tripulación es muy experimentada. Además, estoy muy ilusionado por lo que estoy a punto de vivir, y me siento agradecido al capitán por haberme dado esta oportunidad.

La salida

Es domingo 25 de noviembre, y al fin ha llegado el momento de zarpar. Al fin está todo listo. Hago las últimas llamadas telefónicas y compro una botella de ron miel “Artemi” y la escondo en mi equipaje, pensando en sacarla cuando avistemos tierra.

Llegado el mediodía, comienzan a salir uno a uno los casi 250 veleros participantes, haciendo sonar sus bocinas. El muelle deportivo es una fiesta, suena la música y multitud de gente se acumula tanto en el muelle como en el paseo marítimo, disfrutando el espectáculo y despidiendo a los barcos. El momento de zarpar es emocionante. Soltamos amarras, ya no hay vuelta atrás. El corazón me late fuerte. Es la última vez que pisaré tierra firme en unas 3 semanas.

El nerviosismo es palpable durante las primeras 2 horas, en las que navegamos cerca de la costa de Gran Canaria y realizamos varios virajes. Volodia y yo no hemos navegando antes en el Garuda, y estas maniobras nos sirven para familiarizarnos con el barco. Poco después, ponemos el piloto automático y se calma el ambiente. Es entonces cuando hablamos del reparto de guardias. Se decide dividir el día en 4 y asignar una guardia fija a cada uno. La cosa queda así:

  • 10:00 – 16:00, Alex
  • 16:00 – 22:00, Volodia
  • 22:00 – 4:00, Kostia
  • 4:00 – 10:00, Slava

No me gusta mucho el turno que me ha tocado, las horas centrales del día, pero acepto el reparto. Me consuelo pensando que tenemos que pasar por cuatro husos horarios, y el final de la travesía me será más favorable, pues amanecerá varias horas más tarde.

Por otro lado, en el tema de los camarotes salgo beneficiado. En principio, Volodia y yo tenemos que compartir un camarote, y la idea era alternarlo una semana cada uno. Pero él insiste en dormir en el salón y cedérmelo a mí durante toda la travesía.

Cae la tarde y disfrutamos del primer atardecer de la travesía. El sol cae por detrás de la isla de Tenerife, por lo que se divisa el Teide en todo su esplendor. La imagen es bellísima. Slava, Volodia y yo nos quedamos en cubierta embobados, disfrutando del maravilloso espectáculo. Será la última vez que divisemos tierra hasta avistar la caribeña isla de Santa Lucía.

Primera semana

Navegación

La primera semana de navegación transcurre sin problemas. Tenemos días soleados y viento portante de fuerza entre 4 y 5. Durante esta semana navegamos día y noche con toda la vela mayor arriba, sin rizos. En proa, navegamos casi todo el tiempo con un foque, la vela más versátil. Además del foque, disponemos de una Code Zero, un gennaker, dos spinnaker y el tormentín.

Sobre el tercer día decidimos que vamos a sacar la Code Zero, que es como una Génova más grande. La vela está algo vieja, con varios remiendos en distintas partes, pero cumple muy bien su función. Con ella, el barco “vuela” hasta los 8 o 9 nudos sostenidos con buen viento, una gozada.

Otro día, con menos viento y ola, decidimos probar con la gennaker, y aquí empiezan las complicaciones. Esta vela es más embolsada, para sacar más partido a momentos de calma, pero también más inestable. Es la primera vez que voy a navegar con este tipo de vela y no sé muy bien cómo ponerla. Tras breves explicaciones, procedemos, pero al izarla se suelta el mosquetón de la driza y toda la vela se va al agua. Momentos de tensión porque hay riesgo real de perder la vela. Mirando a mis compañeros, no da la impresión de que tengan muy ensayada la maniobra tampoco. Reina el caos, Kostia y Slava empiezan a discutir a voces reprochándose mutuamente las culpas. Es evidente que necesitamos más práctica. Tras un rato luchando, finalmente entre los cuatro conseguimos recuperarla sin daños. Más tarde, en un segundo intento también accidentado, conseguimos izarla y navegamos con el gennaker durante casi un día entero.

Respecto a la travesía, estamos navegando rumbo oeste, en torno a los 270°. La ruta normal es ir mucho más al sur, pasando cerca de las islas de Cabo Verde, buscando los vientos alíseos, para luego continuar hacia el oeste. De hecho, tras la primera semana el Garuda es uno de los barcos cuya posición está más al norte. Intento sin éxito convencer a Kostia de seguir más hacia el sur, pero me dice que nunca se sabe dónde va a estar mejor el viento…

Me llama la atención que todas las decisiones relativas a la navegación las toma Kostia y no Slava. El dueño manda sobre el capitán. Decisiones como el rumbo que seguimos, cuándo virar, cuándo cambiar de velas o cuándo tomar rizos, etc. En ocasiones, cuando hay discrepancia entre ambos, se forma una fuerte discusión, con voces y palabras malsonantes de por medio, pero al final la última palabra siempre la tiene Kostia y se acaba haciendo a su manera. Después, al más puro estilo ruso, una fuerte discusión viene seguida de concordia, amistad y risas. Volodia y yo, obviamente, nunca entramos en ninguna discusión y nos dedicamos a seguir con las decisiones tomadas.

Convivencia y organización

La rutina de cada uno viene marcada por su horario de guardias. En mi caso, me levanto justo antes del amanecer y salgo a cubierta para disfrutar del momento, desayuno con Slava y Volodia y comienzo mi guardia. A media mañana cuando empieza a hacer calor aprovecho para darme un baño, y después dedico un rato a tareas domésticas, como limpiar la cubierta, lavar la ropa, etc. Un par de horas antes del atardecer solemos cenar los cuatro juntos, y tener un buen rato de charla. Por la noche, nos tomamos un té con dulces de nuevo los cuatro y otro rato de charla. Algunos días Kostia pone música de su colección de hits rusos. Me voy a dormir cuando me da sueño.

Con respecto al consumo de agua, disponemos de un total de 600 litros de agua dulce en los depósitos y no tenemos máquina potabilizadora para hacer más. Pero lo cierto es que prácticamente no estamos consumiendo nada de ese agua. Los baños los hacemos en cubierta con ayuda de un balde y jabón especial de agua salada. Rápidamente me acostumbro, y de hecho el baño se convierte en uno de los mejores momentos del día. Es un placer ir a la popa, quitarme la ropa y tirarme unos cuantos cubos de agua fresca encima cuando aprieta el sol. También utilizamos agua de mar para lavar la ropa, los platos y fregar la cubierta. Para consumo, usamos agua embotellada. Por todo esto, el consumo de agua dulce del tanque es prácticamente cero.

Respecto al consumo de energía, disponemos de 4 baterías que son más que suficientes para alimentar todos los instrumentos de navegación y nuestras pocas necesidades. Cada noche, encendemos el generador un par de horas para cargarlas, y de paso aprovechamos para poner música.

La comida a bordo merece una mención especial. El capitán Slava se encarga de cocinar todos los días, cosa que le encanta. Es el dueño y señor de la cocina, es su territorio. Por el contrario, Kostia no se acerca a ella ni para preparar un café. Hacemos dos comidas diarias, más el té de la noche.

  • El desayuno, una hora o dos después del amanecer. Slava suele preparar un desayuno calórico, tirando de clásicos soviéticos, o bien kasha (una especie de gachas rusas a base de avena, maíz o arroz), o grechka (trigo sarraceno hervido) o simplemente unos huevos revueltos, todo acompañado siempre de un café. Para darle un toque español, suelo cortar unas lonchas del jamón que tenemos colgado en la estancia principal, para acompañar. Con un desayuno así es fácil aguantar hasta la cena.
  • La cena la hacemos una hora o dos antes del atardecer. Slava se luce con gran variedad de platos de gastronomía rusa: solyanka, chechevitsa (sopa de lentejas), borsh, uja (sopa de pescado), kotleta (filetes rusos). Los días que conseguimos pescar, prepara el pescado a la plancha o frito con puré y ensalada… Todo lo que prepara este hombre está delicioso, y en el mar sabe mucho mejor.
  • Por la noche, tomamos el té acompañado de galletas, y algunos días Slava prepara blinis (crepes rusos) con mermelada o miel.

La pesca hasta ahora se está dando bastante bien. Hemos pescado varios dorados utilizando la técnica del curricán, con un simple hilo y una madeja (sin caña). Estamos expectantes por capturar algún atún o pez espada. Slava y Volodia son muy habilidosos pescando, y aprendo mucho de ellos. Es una delicia comer lo que el mar nos da, parece que sabe mejor.

“El mar siempre te da la comida que necesitas, pero no más.”

Capitan slava

Comunicación

Mentiría si dijera que tengo una comunicación fluida con mis compañeros. En el barco se habla sólo ruso, y los primeros días tengo la sensación de que mi nivel es mucho más bajo de lo que pensaba. Hay muchas palabras que no entiendo y otras muchas que conocía pero había olvidado. Respecto a los términos náuticos, comienzo a hacer un pequeño diccionario de palabras importantes relativas a la navegación. Al pasar los días me voy notando cada vez mejor, y me animo más a participar en las conversaciones. Está siendo todo un reto para mí. Poco a poco.

Por ahora, estoy muy contento con mis compañeros y con la convivencia a bordo. Hay muy buen ambiente entre nosotros, y salvo las típicas discusiones en caliente en momentos de tensión, no ha habido ningún roce, cosa que suele ocurrir en este tipo de travesías.

Segunda semana

Navegación

Tras dos semanas de navegación, superamos las 2000 millas náuticas, aproximadamente dos tercios de la travesía. Seguimos navegando a una latitud mayor que la de la ruta normal, es decir más al norte. El tiempo ha dejado de ser tan estable como la primera semana, encontrándonos con zonas de calma y algunas tormentas con fuertes rachas y acompañadas de precipitación. Además, hemos tenido varios días de mar dura y mucha ola, haciendo más incómoda la navegación y la vida a bordo. Por suerte, ninguno de nosotros tenemos problemas de mareos.

El barco está respondiendo bien, pero me da la sensación de que algunos días sufre bastante. Seguimos con todas las velas arriba el 90% del tiempo, poniendo rizos solo en contadas ocasiones. Además, las olas nos entran por la aleta, provocando incómodos cabeceos y que el barco de fuertes pantocazos. Si fuera por mí, modificaría un poco el rumbo para evitar, caería más al sur y cogería rizos a la mayor por las noches. También probaría a navegar con “orejas de burro”, la mayor en una banda y el foque atangonado en la banda contraria. Pero como dice el refrán, donde manda patrón no manda marinero. No hay que olvidar que de los cuatro soy claramente el que menos experiencia tengo.

La experiencia de vivir en alta mar

La rutina diaria continúa de la misma forma, con la diferencia de que cada vez empiezo la guardia más temprano en el día. Nuestro reloj de bordo sigue mostrando la hora GMT, pero nosotros nos desplazamos hacia el oeste atravesando husos horarios.

La noción del tiempo es muy distinta cuando vives en una cáscara de nuez, flotando en medio de la inmensidad del océano. Aquí las horas pierden su significado y los días vienen marcados por sus amaneceres y atardeceres. El reloj, ese invento humano, se convierte en un instrumento inútil, que sólo utilizamos para medir los turnos de guardia. Esa desconexión del mundo agendado y civilizado es maravillosa. Aquí nadie llega tarde a ningún sitio y hay tiempo para todo, tiempo para charlar, tiempo para pensar, tiempo para reflexionar, tiempo para leer, tiempo para estar en silencio con uno mismo, simplemente contemplando la inmensidad del océano o de las estrellas. Esa desconexión es, en realidad, una mayor conexión con el mundo, con la naturaleza. En realidad, es una sensación muy parecida a la que se experimenta en la alta montaña, o en un desierto.

Antes de empezar la travesía imaginaba que tendría muchos momentos de aburrimiento. Pero no está siendo así en absoluto. Todos los días dedico tiempo a la lectura (ya voy por el quinto libro), a jugar al ajedrez con Kostia, a tocar el ukelele con Volodia, a aprender cosas del barco, a pescar o cocinar con Slava, o simplemente a sentarme en cubierta en silencio y mirar al mar. El aburrimiento no existe, estoy disfrutando de cada minuto aquí.

Aunque soy de los que le gusta quedarse hasta tarde en la cama, todos los días me levanto, de forma natural y sin despertador, antes del amanecer. Me he propuesto no perderme ni un solo amanecer. Los amaneceres y atardeceres en el mar son bellísimos, es un espectáculo que no me canso de contemplar. Algunos días, tenemos la enorme fortuna de que nos visiten los delfines. Siempre antes de la caída del sol, decenas de jóvenes delfines saltan y juegan alrededor del barco emitiendo finos silbidos. Nos acompañan durante casi una hora, y parecen disfrutar tanto como lo hacemos nosotros, incluso parece que intentan comunicarse. Qué animales más fascinantes.

Las noches también merecen un apartado especial. La ausencia total de contaminación lumínica convierten el cielo en un espectáculo de planetas, estrellas y galaxias, que me hacen sentir aun más pequeño. Las noches de luna nueva, se observan perfectamente la vía láctea y las nebulosas. Pero el espectáculo no sólo está en el cielo. Alrededor del barco brillan en el agua pequeños organismos de color verde fluorescente: el plancton. La imagen me recuerda a una secuencia de la película “La Vida de Pi”.

El día 14 de la travesía avistamos por primera vez un barco en el horizonte. Se trata de un carguero turco. A las dos horas, avistamos un petrolero brasileño, que termina pasando a menos de dos millas de nosotros. Parece que estamos atravesando un canal habitual de navegación. Se trata de las primeras embarcaciones que avistamos desde que salimos de Las Palmas hace dos semanas. A pesar de que hay, con seguridad, cientos de embarcaciones siguiendo una ruta similar a la nuestra, la probabilidad de avistarlas es muy baja, ya que la vista no alcanza más allá de 5 o 10 millas. Si la probabilidad de alistamiento es baja, la probabilidad de colisión es ridícula. El océano es inmenso, y nosotros tan pequeños…

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